miércoles, 23 de abril de 2008

Oh, Susan


La de Kafka y la niña triste ya es una historia conocida, pero aquí va un resumen: El buen Franz caminaba por las frías calles de Praga sobrellevando la vida a la manera de siempre, o sea con las justas, cuando se cruzó con una niña que lloraba inconsolable. Kafka, haciendo una excepción a su costumbre de no hablar con extraños, se inclinó hacia ella y le preguntó qué le pasaba. “He perdido mi muñeca”, le dijo la niña. Al instante Kafka respondió lo más risueño que pudo, espantando el aire con una mano de forma despreocupada: “Pero si tu muñeca no se ha perdido, se ha ido de viaje”. “¿De verdad?”, preguntó ella, abriendo los ojos. “¡Pos claro!”, le respondió el escritor. La niña al toque pensó guarda ahí, y bien sabida repreguntó: “¿Y cómo lo sabes?”. “Porque me ha escrito una carta”, dijo el escritor, que evidentemente era más sabido que ella. “Dice que está muy bien, que ya se sentía grande y necesitaba un cambio en su vida y por eso se fue, pero te manda muchos saludos y siempre piensa en ti”. Lógicamente, la niña le pidió ver la carta. Franz Kafka argumentó que en ese momento no la tenía consigo –porque un documento tan importante no se puede estar llevando en el bolsillo de aquí para allá–, pero le prometió que si lo esperaba en ese mismo lugar al día siguiente, le mostraría la carta. Así quedaron. Entonces Kafka caminó a paso ligero hacia su casa, abrió la puerta, subió a su estudio y con las mismas se puso a escribir, reescribir, corregir, editar, con el mismo fervor y concentración que dedicaba a sus cuentos. Cuando al día siguiente le mostró la carta a la niña, por fin vio en su rostro una sonrisota de verdad. Ella le pidió que por favor le llevara más cartas si las hubiera, y Kafka le dio su promesa de que así sería. Durante semanas continuó poniéndola al día con la ficticia correspondencia, que para ella era tan real, hasta que finalizó la serie de misivas con una despedida definitiva, en la que la muñeca le contaba a su querida dueña que se había casado. Eso dejó a todos contentos, a la niña, a Kafka y a la muñeca. Me quedó largo el resumen.

La historia la contó primero Paul Auster y nunca ha podido ser corroborada biográficamente.
Pero ahora hagamos un ejercicio simple de pensamiento lógico, incluyendo aquel lugar común femenino que reza que todos los hombres son (somos) iguales. No, chicas: todos los patanes son iguales. Hombres como el noble de Kafka, que sólo tuvo un gran amor en su vida, hay también en estos días. Igual que hay tipos como Alberto Venero, oscuro por donde se le mire, pero aún así atractivo para la no sé qué tan ingenua Susan León. Él (o su entorno igual de maleado), que acaban de literalmente desnudarla frente a todos los peruanos. Y encima la muestran bailando monse.

Unge



Fotos:  Revista Caretas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tienes razon unge, susan solita se frego.

Anónimo dijo...

porque no sigues igual que en esa foto susan!